Los ‘padres helicóptero’ crían hijos incapaces y dependientes

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Autor: Carolina Garcia

Los expertos vuelven a hacer hincapié en la necesidad de que los niños sean autónomos, que sean capaces de enfrentarse solos a los desafíos propios de su edad-

“Cariño, ten cuidado que te vas a caer”, “Peque, come el salchichón despacito que te vas a atragantar”. Este tipo de frases, en un principio inocentes, usadas con demasiada frecuencia pueden ser perjudiciales para los más pequeños de la casa. Una actitud que coloquialmente se conoce como paternidad helicóptero o aquellos padres que siempre están con un ojo encima de sus hijos. Este comportamiento sobreprotector puede ser muy dañino para ellos, según explica un último estudio elaborado por la Universidad de Minnesota y publicado en Developmental Psychology.

“Los padres sobreprotectores y ultracontroladores pueden tener un efecto muy negativo que afecte al desarrollo del niño para manejar de forma correcta sus emociones y comportamientos”, explican los autores en un comunicado. La investigación demuestra que los pequeños que “tienen padres helicóptero son menos capaces de lidiar con los desafíos que demanda el propio crecimiento como pueden ser: comportarse bien en clase, hacer amigos o tener un buen rendimiento escolar”.

¿Qué es ser un padre o madre helicóptero?

Para los autores, un padre helicóptero es aquel que está controlando continuamente a su hijo, le dice cómo y a qué debe jugar, cómo recoger, cómo actuar, entre otros mandatos. “Ante este comportamiento, y según nuestros resultados, los niños reaccionan de distinta manera. Algunos se vuelven desafiantes hacia sus progenitores, otros simplemente apáticos o se muestran muy frustrados”, explican.

Padres sobreprotectores, niños que no saben manejar sus emociones. Esta es la premisa. Y tiene sus consecuencias. Suelen ser chavales que no controlan sus cambios de humor, sus emociones, sus sentimientos y son más débiles a la hora de enfrentar los retos de cada etapa de crecimiento. “Esto está mal. Los niños necesitan cuidadores que les sirvan de guía a la hora de entender lo que les ocurre”, añaden los expertos.

Para estos investigadores, los padres deben:

  • Ser sensibles a las necesidades de sus hijos, reconociendo cuáles son sus capacidades a la hora de lidiar con distintas situaciones.
  • Deben guiar al pequeño, sin interferir o solucionar el problema, para que este consiga el objetivo que se le plantea, proporcionando que lo pueda hacer solo, lo que le llevará a un mejor desarrollo de su salud mental y física y a tener mejores relaciones sociales y éxito académico.
  • No limitar las oportunidades de los niños.
  • Los padres pueden ayudar a sus hijos a aprender a controlar sus emociones hablando con ellos sobre cómo entender sus sentimientos y explicándoles qué comportamientos pueden resultar de sentir ciertas emociones, así como las consecuencias que pueden tener diferentes respuestas.
  • También pueden ayudar a sus hijos a identificar estrategias de afrontamiento positivas, como la respiración profunda, escuchar música, colorear o retirarse a un lugar tranquilo.

“Nuestros hallazgos subrayan la importancia de educar a los padres, a menudo bien intencionados, sobre el apoyo a la autonomía de sus hijos ante desafíos emocionales”, prosiguen. “También pueden ser un buen ejemplo para sus hijos. Por ejemplo, pueden usar estrategias de afrontamiento positivas, a la hora de lidiar con sus propias emociones y comportamientos cuando están molestos o enojados”, concluyen.

Para llegar a estos resultados, los investigadores analizaron a 422 niños y niñas de distinta raza y de distintos estratos económicos durante ocho años y los estudiaron en tres ocasiones: con dos, con cinco y con 10 años. Los datos surgieron de la evaluación de las interacciones entre padres e hijos, informes de sus profesores y de su propia experiencia a los 10 años. El ensayo consistía en que progenitores y chavales jugaran de la misma manera que lo hacían en casa. Según sus resultados, el control excesivo de la crianza de los hijos cuando el niño tenía dos años se asoció con una peor regulación emocional y de comportamiento a los cinco, según hallaron los investigadores. Por el contrario, cuanto mayor es la regulación emocional de un niño a los cinco años, es menos probable que tenga problemas emocionales y mayor probabilidad de que tenga mejores habilidades sociales y sea más productivo en la escuela a los 10. De la misma manera, a los 10, los niños con un mejor control de los impulsos tenían menos probabilidades de experimentar problemas emocionales y sociales y tenían más probabilidades de mejorar en la escuela.

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