Adolescentes eternos?

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Los jóvenes de veinte largos, más de 30 e incluso mayores, que no abandonan el hogar familiar ni asumen su independencia económica son millones en el mundo. Las inseguridades personales, sumadas a la actitud de sobreprotección de los padres y las dificultades materiales que implica volverse autónomo, redundan en un fenómeno de época que resulta inquietante para muchos.

Mientras que hace treinta o cuarenta años era de lo más usual ver matrimonios de veinteañeros o treintañeros de clase media con hijos, una casa establecida, y una profesión consolidada, hoy es habitual encontrar jóvenes de 30 años o más todavía afincados en la casa familiar, sin un escenario laboral claro y muchas veces sin pareja estable, haciendo la misma vida que hacían una o dos década antes. El fenómeno es global (en Italia apodan  a estos adultos que demoran el tránsito a la adultez “mamoni” o “bamboccini”), y refleja una tendencia instalada, a la que sociólogos, psicoanalistas y psiquiatras intentan dar explicación.  Los analistas han denominado de diversas formas el fenómeno: mientras la psiquiatría habla del “Síndrome de Peter Pan”, en alusión al personaje de James Matthew Barrie que no quería crecer, la sociología y el periodismo hablan de “adolescencia tardía” y “adultez emergente”, y ensayan hipótesis sobre las causas que lo determinan.

Más allá de las diferencias en la realidad de millones de jóvenes pertenecientes a clases sociales y países distintos, está claro que hay un corrimiento de una etapa que antes quedaba acotada a los veintipico y ahora se extiende, en un gran porcentaje, hasta casi los 40 años. Están quienes – como el psicólogo estadounidense Jeffrey Jensen Arnett- sostienen que el aumento de la expectativa de vida inauguró una nueva etapa del desarrollo, y que el concepto de adultez admite nuevas formas. (Según él “en la actualidad jóvenes adoptan más tardíamente los roles adultos de trabajo estable, casamiento y paternidad, haciendo que los mayores los vean como egoístas y los malinterpreten, sin entender que no se trata de un cambio generacional sino permanente”). Y también están aquellos que cuestionan lo que interpretan como una resistencia a madurar y suponen que en el fondo de este despegue tardío del nido  laten –al margen de las dificultades de los jóvenes para independizarse económicamente- la comodidad y la inmadurez.

Los padres, a su vez, pueden incentivar a sus hijos a independizarse, o por el contrario, desear que sus hijos permanezcan en el hogar familiar, y en esos casos habría que pensar si esa forma de actuar no es una forma encubierta de negar  la vejez: mientras los hijos sigan ocupando el lugar de hijos –demorando la salida del hogar y la paternidad/maternidad, una consecuencia natural de lo primero-, los padres siguen ocupando el lugar de progenitores y proveedores y eso, aunque en buena parte de los casos incomoda, en otros resulta satisfactorio.
Puesta a analizar las claves de este nuevo escenario, Silvia Di Segni Obiols, médica psiquiatra y autora del libro “Adultos en crisis, jóvenes a la deriva” sostiene que “el imaginario social de esta época puso al adolescente como modelo social. Adulto es sinónimo de viejo, ahora hay que ser joven. Rápido hay que ser adolescente y después seguir siéndolo. Y si no te da más la edad para serlo hay que parecerlo”. En su visión, esto explicaría la voluntad de millones de personas a demorar el tránsito hacia la etapa “adulta”.

En ese marco, también hay que entender que la función de los padres termina alrededor de los 18 años como tales. Luego pasamos a un acuerdo entre adultos. Si los padres siguen haciendo de padres a los 20, 25, algo no están haciendo bien. No hablo de lo económico. Uno puede decidir ayudar a un hijo en muchas cuestiones económicas (solventarle una carrera, pagarle un buen servicio de salud, invitarlos a unas vacaciones) pero siempre en el marco de que es un acuerdo entre adultos, no una responsabilidad, que es lo que sí tienen los padres”.
El desprendimiento de la familia de origen, cuando se produce, les permite a los hijos madurar y contrastar sus propias decisiones con la realidad y las consecuencias –positivas o negativas- a las que estas los enfrentan. Asimismo, descubrir o consolidar sus propios intereses, su propio estilo, la vida que quieren para ellos. Se trata, ni más ni menos, del proceso con el que ganarán autonomía.

 

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