Adolescencia extendida

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Autor: Sofia Beauchat – El Mercurio Chile

‘Los 25 son los nuevos 18’. Con este enganchador título, la revista ‘Scientific American’ publicó hace poco un artículo en el que advertía sobre una realidad que preocupa cada vez más a los especialistas: la gran cantidad de jóvenes que no están desarrollando las herramientas necesarias para convertirse en adultos responsables de sí mismos y capaces de ser un aporte para la sociedad. Pueden tener 25, cosa que legalmente los rotula como adultos, pero se comportan como si recién estuvieran saliendo del colegio, un poco asustados del futuro y asumiendo a medias las responsabilidades que implica acercarse a la vida adulta.La alarma la encendió un estudio publicado en septiembre por la revista médica ‘Child Development’, en el que la psicóloga Jean M. Twenge, de la Universidad Estatal de San Diego, y Heejung Park, psicóloga de Bryn Mawr College, analizan la frecuencia con la que los adolescentes asumen conductas propias del mundo adulto, proceso paulatino indispensable para llegar a la madurez. “Debido a que la adolescencia es un tiempo de transición, los adolescentes de la misma edad cronológica varían en cuánto y hasta qué punto se involucran en estas acciones. Los que las hacen más toman un camino más rápido hacia la adultez”, explican.

En términos generales, observan Twenge y Park, hoy los llamados ‘adolescentes tardíos’ (18 a 21 años) se parecen más a lo que en su momento eran los ‘adolescentes intermedios’ (15 a 17), y estos a su vez se asemejan más a lo que antes eran los ‘adolescentes tempranos’ (11 a 14). Este cambio, advierten, “ha sido tan fundamental que algunos han sugerido que los adultos jóvenes sean ahora conocidos con la nueva etiqueta de ‘adultos emergentes’, para destacar su autoexploración y su transición demorada hacia la adultez”.

Inseguridad de base

“Se espera que la identidad adulta, que se caracteriza por más estabilidad en las decisiones y en el rol vocacional, se instale no más allá de los 24 años, pero hoy se está atrasando”, observa Labbé.

Esta es una realidad que se ha gestado de a poco, pero en forma constante, con una evidente aceleración en este siglo. A esa conclusión llegaron Twenge y Park luego de recopilar siete estudios de gran escala, realizados en Estados Unidos entre 1976 y el 2016, que abarcan un universo de más de ocho millones de adolescentes entre 13 y 19 años. Observaron que a lo largo de las últimas cuatro décadas ha habido un declive sostenido en la cantidad de veces en que los jóvenes se involucran en actividades específicas, que escogieron como indicadores de avance hacia la adultez. Entre ellas, tener citas románticas, salir sin los padres y trabajar a cambio de una paga.

Hay quienes creen que muchos adolescentes están haciendo menos estas cosas porque están demasiado ocupados entre tareas y actividades extraprogramáticas. El fenómeno de los padres que copan la agenda de sus hijos es, sin duda, creciente. Pero, según las investigadoras, no alcanza a explicar lo que se ha descrito como ‘adolescencia extendida’: las tablas que incluyen en su estudio muestran que los estudiantes de octavo básico a segundo medio de esta década pasan menos tiempo haciendo tareas del que le dedicaban a ello los de su misma edad en los años 90.

Tampoco se le puede echar toda la culpa al teléfono inteligente, por más horas que los jóvenes pasen conectados. “Efectivamente, el uso de internet ha subido, con jóvenes de cuarto medio destinando a ello al menos 11 horas a la semana. Pero la declinación en actividades adultas comenzó mucho antes de que la red se masificara, de modo que no se puede decir que sea una única causa, aunque claramente juega un rol”, apuntan Twenge y Park.

Lo que sí ha hecho el teléfono –o más específicamente el fácil acceso a información que entrega– es crear una falsa sensación de inmediatez, algo que hace más difícil el camino hacia una mirada más madura de la vida.

“El exceso de información invita a pensar que podemos hacer todo cuando y como queramos, lo que es imposible. Las generaciones actuales son menos tolerantes a la frustración, tienen la sensación de que las cosas simplemente les corresponden. Están acostumbrados a sentir que lo que quieran está a un clic de distancia, pero no puedes tener un buen trabajo solo con un clic”, acota Labbé.

Están acostumbrados a sentir que lo que quieran está a un clic de distancia, pero no puedes tener un buen trabajo solo con un clic

Los especialistas coinciden en que se trata de la generación más preparada, desde el punto de vista educativo. Además, Labbé rescata su flexibilidad y creatividad, cualidades que escasean entre los mayores. Estos jóvenes, dice, saben cuál es su potencial, pero están tan enfocados en un éxito supuestamente fácil que tienen miedo a ‘no hacerlo tan bien’. Y cuando hay baja tolerancia al error, este temor se convierte en una excusa, más o menos consciente para evadir responsabilidades.

“Los ‘padres helicóptero’, que se caracterizan por su sobreprotección, crearon en sus hijos una falsa coraza de seguridad. Mientras sus hijos crecieron, todo les salía bien. Pero de fondo se crea así una gran inseguridad, un miedo a entrar ahí donde ya no nos van a cuidar”, comenta el psicólogo.

Paralelamente, las redes sociales crean nuevas realidades. Los lazos se hacen más superficiales e incluso pueden reemplazar el necesario contacto físico entre adolescentes, que va preparando el camino hacia una vida sexual adulta normal y es otra de las variables analizadas por el estudio de Twenge y Park.

Daniel Halpern, experto en redes sociales e investigador del ‘think tank’ Tren Digital, ha observado que “la gente de más edad ve al mundo ‘on line’ como un medio para algo; por ejemplo, vender un producto”. Agrega que, por el contrario, los escolares “usan mucho el ‘sexting’, los juegos eróticos en línea, pero cuando les pregunto si después de eso se juntan con quienes han estado coqueteando responden que no necesariamente, con frases como ‘busco estimularme, no quiero más’ o ‘así es más entretenido’. Es una actitud evasiva: no saben si en la vida real van a estar incómodos o sentirse torpes. En estas relaciones virtuales no te rechazan y es poco probable que te vaya mal”.

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