El miedo al conflicto

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Hay millones de personas que viven las situaciones conflictivas con mucha tensión y prefieren evitarlas, así que siempre que pueden eluden la confrontación en aras de “vivir en paz”. ¿Lo consiguen? Dicen los expertos que a priori puede parecer que sí porque se ahorran el mal trago pero que, a la larga, su estrategia es tan mala y tan frustrante como la de aquellos a quienes tanto temen, esas personas que sobrerreaccionan ante cualquier contratiempo, que saltan con agresividad a la primera de cambio, y son especialistas en crear conflictos incluso donde no los hay.

“Cuando observamos y tratamos a los diferentes miembros de un grupo, una familia o una pareja, vemos que los que se sienten mejor no son quienes evitan los conflictos; lo que distingue a los que funcionan bien de los que se sienten mal, frustrados, no es que no tengan conflictos, sino que tienen estrategias para resolverlos”.

En realidad, la reacción ante un conflicto, una injusticia o algo que no cuadra con nuestra ética tiene mucho que ver con la personalidad de cada cual. Hay quien reacciona de forma agresiva expresando toda la rabia que la situación le causa, quien decide pasarlo por alto porque no sabe cómo enfrentarlo o no quiere disputas, y quien verbaliza la injusticia o el malestar de forma educada, asertiva. Son diferentes estrategias y formas de expresar las emociones que no resultan intrascendentes ni para la situación ni para cada persona.

Que uno reaccione de forma agresiva ante un conflicto puede acabar provocando otros nuevos. Que uno lo eluda para evitarse problemas hará que la conducta que provoca el conflicto perdure. Explican los expertos en resolución de conflictos que el deseo de paz no siempre es un deseo de encontrar soluciones y, en aras de la armonía, con frecuencia se pierde justicia, se tolera el mal o no se exige lo que se necesita.

Las consecuencias para quien adopta cada una de estas estrategias también son distintas. Ferran Martínez Gómez, psicólogo de ISEP Clínic Castellón, utiliza el símil de un globo para explicarlo: “La persona agresiva, que da rienda suelta a su rabia, es como el globo que se llena, se suelta de golpe y sale descontrolado; la persona inhibida, la que evita el conflicto, llena el globo y se lo guarda, y el globo va llenándose de un día y de otro hasta que estalla; la persona asertiva es la que va llenando y vaciando el globo en cada ocasión”.

Porque eludir los conflictos no significa librarse de ellos,explica Martorell, “el conflicto, el problema que lo ocasiona, sigue ahí aunque tú lo niegues, de forma que quienes tratan de evitarlo no ganan tranquilidad porque necesitan mucha energía para negarlo, y eso les provoca tensión y, a la larga, les pasa factura”.

José Ignacio Robles, profesor de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, explica que con frecuencia la evitación es una conducta aprendida, porque si la confrontación genera ansiedad, uno la evita para no sentir esa tensión y aprende que eso funciona; pero a medida que pasa el tiempo esa actitud causa problemas porque en la vida hay que ir tomando decisiones, no todo se puede eludir. “En consulta es frecuente encontrarse el caso de personas maduras que han estado toda su vida cediendo y diciendo que sí por no confrontar con sus familiares y llega un día que no aguantan más, estallan y eso rompe los esquemas de su entorno y las relaciones saltan por los aires”, apunta Robles. Y añade que otra circunstancia que suele poner a prueba y confrontar las estrategias de resolución de conflictos en el seno de las familias es la adolescencia de los hijos:

“En las parejas con frecuencia ocurre que uno es muy activo en afrontar los problemas con el hijo adolescente y el otro, por evitar discusiones, se mantiene ausente; pero esa evitación hace que las conductas del adolescente perduren, y el otro miembro de la pareja aumenta su agresividad hasta que el conflicto estalla”.

Los psicólogos subrayan que lejos de ganar paz y tranquilidad, quienes adoptan una actitud pasiva por miedo al conflicto y no expresan su agresividad van aguantando y conteniendo una hostilidad que acaba haciendo mella sobre su salud mental y, a menudo, también sobre su salud física. “El estrés mal contenido acaba produciendo enfermedades: si una persona no verbaliza sus emociones el cuerpo las verbaliza por ella en forma de manchas en la piel, caída del pelo o herpes labiales, pues la piel es la primera barrera defensiva contra el exterior; también se producen gastritis y úlceras de estómago, porque si estás en tensión no llega la sangre a las paredes del estómago y hay una acción corrosiva de los ácidos; y la respuesta defensiva continua que provoca el estrés también se traduce en problemas musculares en la nuca, las lumbares…”, comenta Robles.

¿Y por qué no lo hacen? A veces por miedo a perder el afecto de quienes les rodean, a que cambien las relaciones con sus allegados, a que los otros reaccionen con violencia e insultos y eso les dañe, o simplemente porque no se sienten capaces de salir airosos. Dicen los psicólogos que muchas de estas actitudes se fraguan en la infancia si no se supera el temor inicial de los niños a que los enfados de sus padres o sus profesores supongan que les dejan de querer. La cuestión es que muchas personas ven el conflicto como algo muy negativo. “Hay personas que no se atreven a hacer algo porque creen que su fracaso sería trágico, cuando en realidad el fracaso sería un problema pero no una tragedia; hay que saber distinguir entre problema y tragedia, y el conflicto hay que verlo como un problema con solución, del que puede que salgas perjudicado, pero no será trágico”, explica Martorell.

Lo importante, coinciden los expertos, es entender el conflicto como positivo, como la oportunidad de afrontar una situación que no puede continuar tal cual y que, si la resolvemos, hará que estemos mejor y nos permitirá superarnos a nosotros mismos. Para ello es importante no asumir el conflicto como una pugna en la que uno gana y otro pierde, sino como la oportunidad de negociar o consensuar una salida a un problema en la que las dos partes quizá pierdan algo o, ¿por qué no?, las dos acaben ganando. De hecho, hay quienes se refieren al conflicto como una forma de transformar las relaciones humanas, una oportunidad de aprender, de construir otro tipo de relaciones, y de satisfacer las necesidades. “El conflicto es positivo porque te ayuda en la interacción diaria; si todos fuéramos asertivos o evitativos el mundo no avanzaría; avanzas en la medida en que se contraponen puntos de vista y se consensúan salidas en las que tú ganas y yo gano o perdemos un poco los dos pero continuamos avanzando; ese es el día a día en todos los ámbitos de la vida: lo que nos hace ser mayores es irnos independizando de los padres, y eso se logra en una lucha con ellos; también se lucha en la escuela por mejorar, en la sociedad por conseguir un puesto de trabajo…”, reflexiona Robles. Lo contrario, el miedo a crear conflictos, paraliza la toma de decisiones y la capacidad de actuar, y resulta muy negativo en ámbitos como la empresa.

Martínez subraya que evitar y ceder por sistema ante los conflictos no sólo baja la autoestima o crea problemas de ansiedad, también repercute en las relaciones sociales, porque siempre hay quien, en el entorno laboral o familiar, se aprovecha de las personas que saben que no se enfrentan y no dicen que no. “Son personas faltas de habilidad social o de inteligencia emocional que, al no saber expresar de forma adecuada su malestar o la injusticia que ven, prefieren retirarse”, indica el psicólogo de Isep. Claro que la evitación es una forma como otra de afrontar un conflicto. Tampoco hace falta enfrentar todas las situaciones problemáticas que se plantean a diario, y uno puede optar por una retirada estratégica y pasar por alto una situación incómoda porque cree que no es el momento de confrontar. El problema es cuando esa evitación se repite y afecta a la persona y la hace sentir mal por no ser capaz de defender sus intereses u opiniones.

 

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