La madre tóxica

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El abuso sin fin

Somos mamíferos y como tales la figura más determinante en el desarrollo de nuestro psiquismo es -y sólo puede ser- la madre. También hay evidentemente otras influencias importantes (el padre, otros familiares, la escuela, las amistades…). Pero las capas más hondas de nuestra personalidad son determinadas por la calidad de nuestros vínculos materno-filiales, sobre todo los más tempranos. Estos vínculos no sólo deben ser sanos, sino transitorios. Es decir, a medida que crecemos y lo mismo que hay un destete físico, debe haber también -a partir de la adolescencia- un “destete” psíquico… por ambas partes. Si esto no sucede, el vínculo materno se convertirá en una anomalía tóxica para el hijo/a.

Muchas madres (a veces el padre) no permiten crecer e independizarse emocionalmente a sus hijos. Debido a sus propias carencias, cultivan una agobiante influencia sobre ellos, a los que se aferran desesperadamente. Cuando además padecen severos trastornos neuróticos o incluso bordean la psicosis, resultan enormemente nocivas. Ejercen contra sus hijos -o más comúnmente contra alguno de ellos- todas las variantes del narcisismo, el dominio, la sobreprotección, la manipulación, la invasión, el victimismo, las quejas, las acusaciones, los comadreos familiares, los desdenes, las ofensas, el chantaje, la intimidación… Lo que las convierte en verdaderas vampiras que atormentan, confunden, paralizan y debilitan sin remedio a sus víctimas.

Los hijos, precisamente por esto mismo, son patológicamente dependientes e incapaces de alejarse de estas madres tóxicas. Aunque sufren mucho y las odian en secreto, su insoportable miedo y sentimientos de culpa ante la posibilidad de herirlas y/o perder su “amor”, los esclaviza a ellas. Por tanto, en la medida que los hijos cierran los ojos a este conflicto o no lo resuelven, lo expresarán entonces mediante complejos síntomas neuróticos. Ansiedades, depresiones, adicciones, trastornos alimentarios y de personalidad, autoagresiones…

Los vínculos tóxicos suelen durar toda la vida de la madre (salvo cuando la víctima toma conciencia y realiza alguna psicoterapia de “destete”). Las madres asfixiantes realizan su trabajo con total independencia de la distancia física que las separa de sus esclavos; para eso están las tecnologías (teléfono, internet, redes sociales). Jamás renunciarán voluntariamente a su presa. Si ésta, movida por el coraje, intenta autoafirmarse o emanciparse, la perseguidora movilizará entonces todo su arsenal patológico: broncas, lágrimas, victimismos, chantajes, pseudoenfermedades… E incluso intentará manipular al terapeuta de la víctima.

El padre, en estos casos, suele cumplir dos papeles básicos. O bien es una figura ausente, indiferente o pasiva ante los abusos de la madre (ya que, en realidad, él mismo es otra de sus víctimas). O bien es cómplice de tales abusos y forma una alianza (“piña”) destructiva con la depredadora. En dicho caso los trastornos de la víctima serán obviamente mayores, y más aún si es hijo único/a.

Hay que señalar que, en el fondo, la víctima también extrae ciertos beneficios inconscientes de la situación (p. ej., ciertas seguridades, ayudas, el autoengaño de creerse “querida”, etc.), e incluso rechazará en general cualquier ayuda psicológica. Por su lado, la acosadora también fue víctima de los abusos de sus propios padres… Etcétera. Así que, en definitiva, estas simbiosis tóxicas son una especie de “alianza” entre dos seres igualmente inmaduros y desdichados.

¿Cómo se supera este vínculo patológico? Por parte de la víctima, percatándose de ello y buscando las ayudas necesarias. En cuanto a la madre, tomando conciencia de lo mismo, dejando volar por amor al hijo/a y, si hace falta, buscando ayuda profesional para atreverse a hacerlo.

JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
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