El “progre”, la incoherencia de un burgués con ideas de izquierda

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La mediática politóloga guatemalteca intenta desarmar con ironía los mitos e ideas preconcebidas de los nuevos “progres“, entendidos por la autora como un colectivo de izquierda que desde su “superioridad moral” dice defender los intereses de los trabajadores.

 El progre, como todos hemos podido ver cuando nos tropezamos con ellos, es de clase media o alta, con ideas de izquierda, y cierta inquietud intelectual. Es un burgués que no reconoce serlo, que no renuncia a su vida cómoda, pese a que dichas comodidades materiales que tanto aprecia vienen de su principal enemigo: el capitalismo. Pero nadie dijo que el progre viva de forma coherente con sus ideas; de hecho, es uno de sus rasgos característicos allí donde lo encontramos.

Sus denominaciones son diversas, pero todas reflejan la misma realidad:
– En España se les llama, entre otras denominaciones, rojos o izquierda caviar.
– En México les llaman chairos o pejezombies…
– En Cuba, comecandela.
– En Guatemala, comanches, guerrilleros de cafetería o socialistas de las zonas 10 y 14. (…)
– En Argentina, progres o zurdos, hippie con Osde.
– En Chile, rojos, comunachos, zurdos, monos, progres, cuico progres o socialistas de balneario.
– En Paraguay, zurdos.
– En Uruguay, socialatas, tupas, bolches, chinos, suciolistas, fracaso amplistas o fraude amplistas, zurdos caviar.
– En Brasil, esquerdistas, esquerda caviar o mortadelas.

El jurista estadounidense G. Gordon Liddy definía al progre como “aquel que se siente profundamente en deuda con el prójimo y propone saldar esa deuda con tu dinero”. En 1970 Tom Wolfe, que los denominó radical chic, nos daba de ellos una perfecta descripción. En un artículo publicado en el New York Magazine tras una fiesta en el lujoso apartamento de Leonard Bernstein en Manhattan, en la que de hecho se coló, reflexionaba sobre cómo la actividad de las elites sociales se dirigía más a revestir una postura de izquierdas que a mostrar una verdadera convicción política por la misma. Su comportamiento reflejaba más una idea de ganar prestigio social o incluso de limpiar culpas que una auténtica creencia en dichas ideas.

Así, criticaba como la cultura de clases que tienen estos progres les llevaba a considerarse en monopolio de una virtud conseguida a través de sus actos políticos de defensa de determinadas causas sociales. Una virtud que han de mostrar siempre y en todo caso al mundo, que toman como elemento de conducta y que sirve para diferenciar al que puede entrar en sus círculos del que no. Porque, no nos engañemos, ser progre no es fácil, y ser reconocido, admitido e incluido en círculos progres lo es aún menos. Hay que demostrar ciertas aptitudes para ser considerado, por ellos mismos, dignos del “carné de progre pata negra“.

Por supuesto, un buen progre que se precie nunca reconocería su incoherencia. Para ellos conducir un coche de último modelo de gran cilindrada es compatible con hacer del ecologismo una causa, con defender las muy dudosas democracias rusas, venezolanas, ecuatorianas o iraníes, con defender derechos de las mujeres y homosexuales, con abogar por el laicismo mientras se defiende la religión islámica y al tiempo se ataca a judíos y a católicos. Por eso no les molesta la disonancia cognitiva que a los defensores del sentido común nos produce cuando nos enteramos que Daniel Ortega es accionista de las principales industrias nicaragüenses, que Rafael Correa manda a censurar canciones en la radio, películas en la televisión o noticias en la prensa.

De hecho, es precisamente lo que criticaba Wolfe; mientras los progres o radical chic defienden la paz, el diálogo o el respeto a las minorías, son capaces de recaudar fondos para asociaciones como los Black Panthers, aquellos para los que Berstein pedía financiación en la fiesta a la que se refería Wolfe en su artículo. Así, se puede decir que se lucha contra él pero al mismo tiempo se justifican los ataques de Hamas a Israel, porque en este caso son autodefensa; o denominar al grupo terrorista ETA movimiento de liberación y a sus presos, presos políticos sin sonrojarse.

Y qué decir de los derechos humanos. Puede defenderse cualquier causa en base a la quiebra de un derecho humano (lo sea o no, ya que su confusión sobre la naturaleza de los derechos les impide diferenciarlos y califican cualquier necesidad material que consideren que ha de existir como derecho humano) pero al tiempo defender, apoyar y tomar como ejemplo a países que tienen en la violación de los mismos su seña de identidad internacional. Por eso para el progre es condenable que un Pinochet haya acabado con la vida de cerca de tres mil opositores, pero para nada es considerado un crimen a su juicio los miles que Ernesto Che Guevara fusiló confesando el placer que le daba hacerlo en sus cartas a su padre.

Hijos de la burguesía

Este comportamiento de clase, aunque vistan sus reivindicaciones de clase obrera, tiene como consecuencia también que su entorno acomodado o muy acomodado les ofrezca una seguridad económica y personal que favorece su dedicación a la lucha por los derechos del pueblo desde la calidez de su domicilio, con la ayuda de su Mac y su iPhone último modelo. Porque si las personas de izquierda de toda la vida usan la pancarta, la chapa en la solapa y las manifestaciones como forma de protesta, el kit básico del progre es un móvil, un hashtag y una sentada en una plaza bien armado de cerveza…, aunque una buena manifestación nunca será rechazada.

Si bien sus formas no son las de la izquierda a la que estamos acostumbrados -esa izquierda ortodoxa de costumbres reivindicativas-, sí comparten con ellos escenarios y causas. De hecho, una manifestación es un plan al que no dudan en sumarse y es habitual ver como intentan mezclarse con ellos en sus tradicionales algaradas, ya tampoco dudan en gritar sus consignas, aunque luego las discusiones tengan lugar en bares con un desalineado pero muy cuidado aspecto diseñado por algún decorador -por supuesto, progre- con un carísimo gusto por lo antiguo, lo francés y seguramente la fotografía, en lugar de cafeterías de barrio o locales vecinales con carteles comerciales y calendarios adornando las paredes.

Lo que sí es común en estas discusiones, más allá de los escenarios, es el odio al capitalismo, el rechazo a Estados Unidos o la simpatía hacia los populismos, que normalmente abrazan. Porque si algo tiene el progre es su deseo de abrazar a cualquier salvador mesiánico que haga del rechazo al capitalismo que al tiempo le financia una bandera que poder enarbolar como hacían los progres de antaño, a finales de los años sesenta, en Europa y gran parte de América con el Che Guevara, Castro, Perón o Allende; e incluso hoy lo hacen con el primero. El primero, de hecho, y a pesar de sus desméritos, no ha salido nunca de su iconografía.

Porque al igual que estos libertadores lo hicieron con su pueblo -aunque los lograran a base de violencia, crímenes y violación de libertades una vez que alcanzaron el poder-, ellos han venido para redimirnos. Se consideran en posesión de una superioridad ética y moral y nos perdonan por nuestros pecados, fruto sólo de nuestra ignorancia, pero no dudan en darnos motivos para alcanzar su fe, comunicarnos su catecismo y hacernos comulgar con sus ideas.

Su causa es ayudarnos, sacarnos de nuestra ceguera. Una ceguera en la que hemos caído todos presos por culpa del capitalismo como sistema económico, el liberalismo como meta política y Occidente como entorno social. Así, al igual que los protagonistas de la novela de Saramago, un día nos levantamos todos ciegos, nos contagiamos la incapacidad de ver, y ellos son los que nos van a reeducar hasta que expiemos nuestros pecados y volvamos a ver el mundo como el progre considera que hay que verlo. Queridos lectores, lejos de criticar su adoctrinamiento hemos de dar las gracias porque nos hagan partícipes de su catecismo.

Autor: Gloria Álvarez Cross es una politóloga, presentadora de televisión y locutora de radio guatemalteca

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