Marilyn Monroe: retrato psicológico de una muñeca rota

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De una trágica muerte, nació un mito. Máxime teniendo en cuenta que en la época de Marilyn los medios de comunicación ni se aproximaban al intrusismo actual en la vida de las personalidades de Hollywood. De ella se ha dicho de todo.

De la la jaula en la fábrica a la jaula en Hollywood

Laureada por su aspecto físico en unos años en los que las mujeres que se desnudaban con facilidad y que aparecían en la gran pantalla no solían coincidir, apareció en los estudios de Hollywood, para huir de una vida de obrera en la fábrica en la que trabajaba en mayor medida porque su vocación era ser actriz y modelo.

Con un pasado marcado por  los abusos sexuales vividos en la adolescencia junto con un historial genético en el que existían antepasados con trastornos mentales -en ambos abuelos maternos y en su propia madre-, la vida de Marilyn Monroe mostraba un marco psicológico idóneo para desarrollar todo tipo de trastornos afectivos.

Uno de los rasgos más interesantes de su personalidad adulta, especialmente en los últimos años antes de su muerte, fue su afán por estar cerca de personas inteligentes y cultas en materia artística, autoridades que ella reconocería como las figuras paternas que nunca tuvo.

Trastorno histriónico de personalidad o cómo ser Marilyn Monroe

A medida que se ha ido indagando en sus memorias, alusiones de las personas que la conocían, biografías de todo tipo y análisis por parte de estudiantes y profesionales en psicología, principalmente del psiquiatra de Marilyn, Ralph Greeson, se ha ido desentrañado el marco psicológico de esta actriz.

Se sabe que padecía trastorno histriónico de personalidad, un desorden emocional que tiene unos rasgos que encajan con el estilo de la seductora Marilyn.

Este trastorno se caracteriza por una excesiva preocupación por la apariencia física, sensibilidad excesiva a la desaprobación y exuberancia en la demostración de la sexualidad.

Esto se da hasta el punto de que la persona no es capaz de mantener una conversación con personas del sexo opuesto sin que exista: el rol depredador–presa y baja tolerancia a la frustración.

Una necesidad enfermiza de ser constantemente atendida independientemente de los medios que tuviera que utilizar para ello; ocasionando posteriormente depresión y ansiedad debido a que aquello que conseguía (ser deseada por su atractivo físico) no se correspondía con lo que quería de sí misma (ser deseada por su personalidad).

Este estado aumentaría en la década de los cincuenta cuando su matrimonio fallido con Arthur Miller, hizo que se evidenciara la realidad de una mujer que se valía de la promiscuidad para huir de sí misma, para ser admirada y para obtener la reverencia que no obtenía sin necesidad de llamar la atención utilizando un arsenal que se oponía a sus propios valores.

Desde un principio, quiso ser tenida en cuenta para que la tomaran en serio y, sin embargo, para ello se valió de su atractivo físico, hecho que si que consiguió que hombres de gran cultura se postraran a sus pies.

Sin embargo, cuando ella era consciente de que su atractivo no radicaba en lo que ellos veían en ella como Norma Jean Mortenson sino en el mito sexual que era Marilyn Monroe, recurría a nuevas conquistas e infidelidades para llenar un vacío al que solo pondría fin una sobredosis de barbitúricos.

Curiosamente, ella siempre quiso ser recordada como una gran actriz y nunca lo conseguiría porque, si bien es cierto que, en su última época, consiguió cierto reconocimiento por su trabajo.

Su legado de mayor importancia ha sido un estereotipo, un “cliché social” que ha perdurado durante décadas y del que todavía no nos hemos deshecho.

La imagen de rubia y tonta que ella misma consiguió que se le atribuyera, jamás le hará justicia pero, obviamente, tampoco la imagen de superdotada que actualmente se quiere mostrar de ella.

Marilyn Monroe fue, ni más ni menos, una mujer que padecía  graves carencias emocionales y que disponía de escasos recursos para huir de sus fantasmas pasados

Murió antes de tiempo habiendo sido una actriz a tiempo completo que vivió para los focos y las miradas ajenas, mostrando su mejor sonrisa y aceptando las reglas del juego.

Mientras una Norma Jean Mortenson a la que no le habían permitido – ni se había permitido – madurar emocionalmente, soñaba con que cayera, de una vez, el telón y empezara la vida.

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