Ciencia que miente..

19

Los investigadores están cada vez más presionados por publicar resultados. Y frente a esa exigencia, en esa carrera por la originalidad y la primicia, algunos eligen el camino deshonesto para lograr fama o dinero. La estafa en la ciencia existe desde hace décadas y siempre resulta escandalosa, pero parece que está en aumento.

“Publica o muere” es la máxima que rige hoy el sistema científico internacional. La carrera, subsidios y becas de los profesionales dependen de la cantidad y calidad de lo que publican en revistas científicas.

Mientras más publicaciones (paper, en inglés) tengan, más puntaje obtendrá el investigador en una evaluación para acceder a un nuevo cargo o a un jugoso financiamiento. La meritocracia es el sistema de gobierno en la ciencia. Pero lo que podría verse como justo y óptimo, a veces puede transformarse en su peor pesadilla.

Muchos científicos, con el afán de escalar posiciones, obtener más fondos y ganar prestigio entre sus pares o cosechar fama para salir en televisión, deciden hacer fraude.

 “A veces el fraude está relacionado con el dinero y con empresas que presionan para que obtengan determinados resultados o con la ambición del científico por lograr una mejor posición”, dice el cordobés Gabriel Rabinovich, investigador superior de Conicet en el Instituto de Biología y Medicina Experimental de Buenos Aires.

Para el investigador, el fraude no es una característica general de los científicos sino algo marginal. “La mayoría buscamos llegar a la verdad. Y el fraude no es el camino. Sin embargo, los científicos son humanos, en donde también existen miserias”, comenta Rabinovich.

Pablo Kreimer, investigador principal del Conicet en el área de sociología de la ciencia, asegura que el fraude existió desde siempre. “Robert Merton, el fundador de la sociología de la ciencia, ya escribía sobre fraude en la década de 1950. Existe desde siempre porque siempre existió lo que se llama ‘lucha por las prioridades’, esto es, el primero que muestra un descubrimiento o resultado científico es quien se lleva el reconocimiento. No tiene valor llegar segundo”, comenta.

En esa carrera por la originalidad y la primicia científica, algunos investigadores eligen el atajo deshonesto.

Estafas en aumento

Simplificando, el fraude puede darse de tres maneras: fabricar datos que jamás fueron medidos o descubiertos, manipular los datos o imágenes científicos para que se acomoden mejor a lo que se quiere argumentar y plagiar, es decir, tomar por propios información ajena.

Kreimer entiende que el fraude científico ha aumentado en los últimos años por dos motivos. “La presión por publicar es mucho más alta que en el pasado. El científico necesita publicar para continuar en carrera, aunque los resultados no sean de calidad y a veces se sientan tentados a cometer fraude. Ocurre que la publicación científica perdió parte de su objetivo original que era generar conocimiento original. Ahora tiene la función de administrar carreras científicas. Se publica mucho más de lo que se lee y se cita”, dice.

El otro factor señalado por el sociólogo es la irrupción de las publicaciones electrónicas, las cuales generaron una explosión en la cantidad de artículos que se publican. “Si hay más espacios para publicar, es probable que se publiquen más textos fraudulentos. Pero la versión electrónica también está ayudando a detectar más fraudes, por ejemplo, plagios y autoplagios”, comenta.

Una forma de medir el fraude es a partir de los artículos retractados, escritos que son retirados de una revista científica porque presentan errores o son fraudulentos. En 2010, fueron retractados 243 papers según Medline, la base de datos de bibliografía médica más grande del mundo. Esa cifra trepó a 664 en 2016.

Antivacunas

Algunos fraudes resultaron costosos. El movimiento antivacunas, que orada continuamente la confianza social en uno de los avances sanitarios más importante que ha dado la ciencia, surgió de una impostura que tardó más de una década en retractarse.

En 1998, el científico británico Andrew Wakefield publicó un trabajo en el que asociaba la vacuna triple viral con la posibilidad de adquirir autismo. El estudio, publicado en la prestigiosa revista The Lancet, despertó sospechas desde su publicación. Se habían estudiado pocos casos (12 niños), sin un grupo de control y estaba basado en los recuerdos y creencias de los padres. Nada muy científico.

Sin embargo, desde ese año la cantidad de personas vacunadas en los países desarrollados comenzó a bajar impulsado por el movimiento antivacunas que ahora tenía un argumento “científico”. El daño ya estaba hecho.

Pero Wakefield no había hecho solo ciencia de mala calidad. Desde el inicio había diseñado un fraude con el objetivo de ganar dinero. El periodista Brian Deer, del Sunday Times, descubrió que en 2002 Wakefield había sido contratado por un abogado que pretendía lucrar con el escándalo de las vacunas con juicios a las empresas farmacéuticas.

La retractación oficial de The Lancet se publicó en 2010, a pesar de que varios estudios epidemiológicos no encontraron evidencia de lo que proclamaba Wakefield y de que Deer había revelado el escándalo en 2004.

Escándalo en España

Susana González es la protagonista del mayor escándalo científico de España. Algunos coautores de sus trabajos la describen como una científica muy dedicada. Era la promesa española de la ciencia. Otros colegas aseguran que era vox populi que González inventaba resultados.

La olla se destapó en 2016 y, a la fecha, las revistas científicas han retractado cinco artículos escritos por González. En uno de ellos aseguraba haber logrado una sorprendente recuperación de ratones con una insuficiencia cardíaca letal que afecta a una de cada 2.500 personas.

En todos los casos, González parece haber utilizado el mismo modus operandi: las mismas imágenes aparecen ilustrando experimentos diferentes y ningún caso tenía los datos brutos para respaldar sus publicaciones.

La falsificación de imágenes y gráficos y la ausencia de datos crudos (por ejemplo, de un cuaderno de laboratorio bien documentado) son las técnicas más usadas para detectar fraudes. Otra opción, aunque poco practicada, es la posibilidad de replicar los estudios. El método científico exige que el artículo brinde todos los elementos para que el experimento pueda repetirlo otro científico y obtener los mismos resultados.

Pero replicar experimentos no es una tarea redituable y deseada en ciencia. Y en muchos casos tampoco parece posible. Una reciente encuesta realizada por la revista Nature a más de 1.500 científicos indicó que más del 70 por ciento intentó sin éxito reproducir un experimento ajeno. Incluso más de la mitad falló al intentar hacer lo mismo con un trabajo propio.

“Mi relajación total llega cuando veo que otros laboratorios independientes reproducen nuestros experimentos con los mismos resultados. Eso debería ser un estandarte de los científicos. Ocurre que algunos ven eso como si fuera competencia”, dice Rabinovich.

El científico, reciente ganador del premio “Investigador de la Nación”, máximo galardón científico nacional, explica que a veces puede suceder que al director del laboratorio se le escape algo o que hay algún detalle en el experimento que no se tuvo en cuenta a la hora de reproducir el trabajo.

“Por ejemplo, sucede cuando la microbiota (microorganismo que viven en el organismo) que tienen los ratones son diferentes entre un laboratorio y otro. Los resultados pueden ser diferentes. Esos detalles deben estar claros en la publicación para que los experimentos puedan ser reproducidos por otros”, puntualiza.

El Nobel manchado

Ni la Suecia de los premios Nobel se salva. El país nórdico fue protagonista de uno de los últimos escándalos científicos más notorio que toca de cerca al Instituto Karolinska, responsable del galardón en Medicina.

Paolo Macchiarini es un famoso cirujano protagonista de trasplantes de tráqueas artificial combinadas con células madre. Era la promesa de la llamada medicina regenerativa. En el Karolinska realizó tres intervenciones, dos de los pacientes fallecieron. Nunca probó esta intervención en modelos animales, como la buena ciencia lo demanda, ni tampoco pidió permiso al gobierno para experimentar en humanos. En su carrera realizó 17 trasplantes en Estados Unidos, España, Rusia e Italia. Al menos 11 de ellos murieron.

En 2016, el Karolinska decidió echarlo, mientras que el gobierno expulsó a toda la cúpula de la institución. La justicia sueca lo acusó de homicidio involuntario, pero nunca pudo probarlo aunque si se determinó que actuó con negligencia.

Las células madre es otro campo que se ha prestado a varios fraudes científicos. El más conocido es el del surcoreano Hwang Woo-suk. En 2004 anunció que había creado las primeras células madre de embriones humanos por medio de la clonación. En 2014, la japonesa Haruko Obokata perpetró el mismo chantaje. Afirmó que había desarrollado un método nuevo y simple para convertir las células normales del cuerpo en células madre.

El falso profeta de las células madre atrae al público lego. El poder sanador de las células madre es tierra fértil para la pseudomedicina. Proliferan tratamientos estéticos rejuvenecedores y son comunes las campañas solidarias para ayudar a niños que requieren un tratamiento con células madres en China. Nada de eso está probado científicamente.

La potencia china

Justamente China se ha convertido en una potencia científica pero también del fraude. Este año la revista Tumor Biology retiró de un solo saque 107 papers de autores chinos por mala conducta. Hasta el 40 por ciento de las publicaciones de este país sobre biomedicina podrían contener algún tipo de trampa, según estimaciones del propio país que está dispuesto sancionar hasta con pena de muerte a los malos investigadores.

Además de masivos, los fraudes chinos son más bizarros. El sistema de publicación en revistas científicas utiliza la revisión por pares (peer reiview) como mecanismo de control. Las editoriales envían el artículo a científicos expertos en la materia que se encargan de revisarlo y pedirles correcciones a los autores antes de publicarlo. En el caso chino algunos revisores eran terceros que estaban “en la rosca científica” o eran los propios autores los que recibían su trabajo para revisarlo pero con un nombre falso.

Como revisor, Rabinovich ha detectado algunas falsificaciones de información en publicaciones internacionales. Para el investigador es fundamental que se valore más la tarea del revisor. “Ahora es un trabajo que se realiza gratis y desde la revista te presionan para que lo termines rápido. El revisor tiene que determinar el impacto científico y la novedad, pero también cotejar que no tenga datos falsos o copiados de otros autores, en especial, en las imágenes. Es posible que se nos pasen cosas”, reconoce.

Sin embargo, asegura que las editoriales de las revistas más prestigiosas están implementando software y personas especializadas en dedicar falsificaciones y plagios.

Silencio corporativo

Tanto en la ola China como en el caso español y el de Macchiarini existe cierto silencio corporativo de colegas que conocen la actitud fraudulenta pero no la denuncian.

En varias encuestas anónimas, los científicos reconocen la mala conducta. El dos por ciento de los investigadores aseguró que fabricó o falsificó un dato al menos una vez. Esa cifra asciende al 14 por ciento si se les preguntaba por la conducta de sus colegas. Lo que se dice mirar, la paja en laboratorio ajeno.

Para Kreimer, montar un mecanismo de control sistemático para detectar fraudes podría ser más costoso que el perjuicio que genera la ciencia fraudulenta. “Es como crear una enorme infraestructura en la aduana solo para detectar el ingreso de dos televisores por mes”, compara.

El experto asegura que a la larga hay mecanismos que detectan fraudes y -así- no afectan la creación de un conocimiento válido. “No creo que se llegue erróneamente a crear un medicamento a partir de ciencia fraudulenta. El mayor daño que produce el fraude es toda la buena ciencia que dejan de hacer los investigadores tienen una mala conducta”, señala.

Y agrega: “Hay una dimensión ética que nos obligaría a realizar esos controles, pero puede resultar muy costoso. Sin embargo, debería existir un castigo ejemplar para quienes cometen un fraude. Esos mecanismos son muy laxos, y en Argentina no los hay y no se castiga con el rigor que debería tener”.

Para Rabinovich, Argentina está ausente de esa presión por publicar que existe en otros países desarrollados y que a veces desvía del buen camino a algunos científicos. “La competencia no es tan feroz. Estar un poco alejados de eso nos ayuda, pero también a veces no falta esa efervescencia que promueve la ciencia de alta calidad”, dice.

La ciencia es una industria global. Entre 1996 y 2011 se publicaron 25 millones de artículos con un total de 15 millones de autores. Con esas cifras, no es descabellado que alguien se desvíe del camino. Sin embargo, no deja de ser escandaloso porque, para la gente, el científico es un héroe o un loco, pero siempre de guardapolvo y en busca de la verdad. Quizás el fraude los humaniza.

Por Lucas Viano @lucasviano

5